Blas de Peñas, en tiempos mejores. /Foto: elplural.com.

Yrene Calais.

Corrían los años 90, cuando tú, calvo ya de bisoñé y con tu vientre puntiagudo, casi explotando el jersey, apareciste en lontananza. Nunca me gustaste un pelo. Recuerdo que el día que te conocí le dije a tu jefe (el director del Abc de Alicante, Enrique de Diego, por otra parte el único buen profesional que ha tenido el Abc, y que desde que se fue entró en plena crisis, a la deriva) que me parecías el típico quiero y no puedo, el bufón de los mediocres peperos y de la pobre gente alicantina que iba y venía en los eventos públicos, queriendo simular lo que no eran.

Tú siempre te escondías en tu inseparable Roberto Pérez Guerras y tu Pedro Nuño de la Rosa, y con Pedro Romero antes de que las joyas, al igual que a Charles Boyer en la película “Luz de gas” le cegaran por completo. Las joyas se habían interpuesto entre el amor conyugal y él, hasta el punto de que sus hijos se han cambiado de apellido. ¿Dónde habrán ido a parar? A día de hoy, al igual que las joyas de Sarita Montiel, nadie sabe qué ha sido de ellas.

Siempre supiste rodearte de pícaros y vividores, pero lo que nunca te perdoné es que arremetieras contra mí, destilando veneno, como si yo, una chavala de 26 años, supusiera el más mínimo peligro para ti, salvo que por aquel entonces ya era poseedora de una sólida cultura, mientras tú has ido de periodista sin ningún estudio acreditativo, e incluso haciéndose pasar por tal en la Sindicatura de Agravios, lo cual roza lo delictivo. Recientemente en un almuerzo, salió a colación tu nombre, y todos los comensales tenían agravios que les habías hecho. Por ejemplo, Pascual Sánchez, el conocido empresario de Doña Pepa, te había tenido meses en su casa dándote de comer y luego le traicioniste.  El perfil que dibujaron de ti era bastante deleznable. Había un consenso generalizado de que eras un pobre hombre y el hazmereír, de modo que ahora no se te recibe en ningún lado, porque desacreditas a cualquier acto público. Era gente conocida de Alicante, de diversas profesiones, aunque los nombres me los guardo para mejor ocasión.

Estuviste en mi boda y en el bautizo de mi hijo. Allí apareciste con tu esposa, que se le notaba el pelo de la dehesa manchega; aún no habías descubierto tu pasión rumana. Y ya estabas pensando traicionar, porque siempre has sido como el alacrán del chiste, que no sabes hacer nada positivo por ti mismo. Y no te soporta ni tu yerno, al que no concedes dignidad social, cuando tú careces de estudios y prestigio, siempre moviéndote en las peores cloacas. Como has podido comprobar, es cierto el dicho evangélico de que quien a hierro mata, a hierre muere. O aquello clásico de que los muertos que vos matáis gozan de buena salud.


Source: Ramba Libre

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