Mike Sala.

Alfredo Pérez Rubalcaba fue un hombre de partido.  Lo cual, en España, casi nunca es un elogio. Fue tan absolutamente fiel a las siglas socialistas, de las que como otros tantos arribistas y parásitos hizo su desahogado modo de vida, que desde sus inicios en la política nacional como portavoz del gobierno de Felipe González ya se enfangaba en el barro de la manipulación asegurando cosas tales como que el GAL no existía y que era una completa invención de los periódicos de la derecha para desestabilizar al gobierno socialista.

Tanto en éste como en otros asuntos, el paso del tiempo fue dejando en evidencia a Rubalcaba, pero, como suele suceder con los políticos socialistas,  y el ejemplo más reciente es el del propio Pedro Sánchez, a los votantes lanares de este partido siempre les ha importado un comino que sus líderes sean completos fraudes andantes. Y Rubalcaba lo fue a conciencia. Un fraude para España y un aplicado imitador de Maquiavelo.

Además Rubalcaba era un maestro de la interpretación. Un tipo que,  como ministro de Interior, era capaz de decir públicamente aquello que ya nadie recuerda: “yo lo sé todo de todos”,  al más puro estilo de Alfonso Guerra (quien años antes presumía en el Congreso de tener dossieres de políticos rivales) para aparecer luego en entrevistas de radio y televisión, especialmente en los meses que lideró el PSOE tras el descalabro provocado por Zapatero, con manso semblante, actitud dialogante y hablar dubitativo para provocar lastima en el oyente.

En el aire quedarán gravísimos asuntos bajo sospecha como la intervención de las empresas Fórum Filatélico y AFINSA, que causó millones de arruinados. Intervención en la que el gobierno socialista de Zapatero y Rubalcaba y el juez pro socialista Santiago Pedraz, amigos todos ellos del infame ex juez Garzón, tendrían mucho que explicar, por coincidir extrañamente en el tiempo con las maniobras del Banco de Santander destinadas a condenar la abultada deuda de Partido Socialista.

O el ya olvidado caso del bar Faisán; un vergonzoso chivatazo que alertó a varios etarras de que iban a ser detenidos,  en el que ciertas investigaciones periodísticas revelaron que dicho chivatazo procedió muy probablemente desde el Ministerio de Interior dirigido por Rubalcaba.

Pero si hay algo que muchos españoles no olvidaremos mientras vivamos,  es el nefasto trabajo de ingeniería social y demolición de un partido adversario y de la misma sociedad española que Rubalcaba acometió desde el mismo día de los atentados de 11M,  atentados preparados para dar un vuelco en unas elecciones generales de aquel año 2004 que, según todas las encuestas, iban a ser ganadas por un Partido Popular que conseguiría una tercera legislatura consecutiva de la derecha que la izquierda española y sus patrocinadores no podían permitir.

Rubalcaba agitó a las masas hacia el pánico mediante una campaña de terror e insidia,  incluso durante la jornada de reflexión previa al día de las votaciones, que caló tan hondo en una mayoría de votantes,  que estos dieron el vuelco electoral que llevó al poder a Rodríguez Zapatero, iniciándose así la peor de las eras políticas que España vive aún desde los inicios de la democracia, con las consecuencias que sufrimos a diario: Ruina económica y moral, fortalecimiento del independentismo corrupto, mayor falta de libertad en los medios de comunicación, abandono de las víctimas del terrorismo, y un largo etcétera.

Por descontado, si alguien debe rendir homenaje a Pérez Rubalcaba es el PSOE con Felipe González y Rodríguez Zapatero al frente. Jamás semejante partido corrupto y liberticida podrá agradecer suficientemente los servicios prestados por Rubalcaba,  quien, como manipulador e intrigante no ha tenido rival. Las acciones de este político profesional, más sicario de su partido que servidor de España, han perjudicado tanto y en tantas ocasiones a nuestra nación a cambio de favorecer al Partido Socialista, que el balance que la historia haga de este exministro jamás podrá ser favorable a su figura pública.

Los socialistas le homenajearán como a un gran hombre de estado.  Le dedicaran calles, crearán alguna fundación a su nombre con dinero de los contribuyentes, y lo inscribirán en sus manipulados libros de historia como un prócer y un hombre excepcional. Los medios informativos del sistema, tanto los de la izquierda que siempre le protegieron como los de la derecha que tanto sufrieron las maniobras liberticidas de este intrigante y su partido, le ensalzarán casi hasta la leyenda. Pero la realidad de la trayectoria política de este hombre ha sido mucho más parecida a las intrigas del Cardenal Richelieu que al comportamiento de un estadista honorable.

Ha muerto el hombre.  Ha desaparecido el político. Por muchos años nos quedará seguir sufriendo las lamentables consecuencias de sus actos.

La entrada Alfredo Pérez Rubalcaba, un hombre de partido se publicó primero en Rambla Libre.


Source: Ramba Libre

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